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Aventura y tecnología para salvar una parte de la memoria del pueblo moxeño

Su Archivo Misional es un legado cultural con más de tres siglos de antigüedad, que forma parte de la identidad de los pueblos evangelizados por los jesuitas

Durante los siglos XVII y XVIII, antes de que la corona española expulsara a los jesuitas de América Latina por defender los derechos de los indígenas, la selva boliviana se hizo música y los violines se confundieron con el trino de los pájaros y los ruidos misteriosos del bosque. Ahora, en San Ignacio de Moxos, un pueblo en el corazón de la jungla, se reúnen alrededor de 9.000 páginas manuscritas de música y decenas de cuadernos con textos religiosos en castellano, latín y diversas lenguas nativas de la región, testimonio de aquel pasado colonial y de aquel afán evangelizador de los hijos de Loyola.
Aunque la imposición y la violencia fueron las tónicas dominantes de la expansión de Europa en América y se creó un nexo entre ambos continentes basado en la supremacía del primero y en el avasallamiento de los nativos del segundo, los jesuitas resultaron extrañamente piadosos. Trajeron la música como instrumento de catequización y del mestizaje que se produjo entre lo europeo y lo nativo, con influencias mutuas y sin discriminación por ninguna de las partes, surgió el barroco misional, con características específicas que lo distinguen del barroco del viejo mundo.
La música en Europa atravesaba cambios trascendentales para lo que es la teoría musical actual en cuanto a establecer parámetros comunes a toda Europa central (hablamos de sistemas de afinación o de composición), llegando a acuerdos que se asentaron a lo largo del siglo XVII y el XVIII.
Resumir en barroco las influencias que trajeron los jesuitas no es correcto, sino ingenuamente reduccionista. Cada misionero tenía diferentes experiencias musicales, diferente edad y, por consiguiente, diferentes métodos y contenidos en su enseñanza. Al llegar los jesuitas, quienes se preparaban en los diferentes oficios -la música entre ellos-, traían consigo un bagaje musical variado, resabios del renacimiento, fundamentos barrocos, hasta principios del naciente estilo clásico. Traían música profana o popular que no obedecía a ningún parámetro compositivo, música perteneciente al folclore de cada pueblo o provincia europea. Se servían de todo ello para enseñar a los indígenas el arte de la música como ellos la conocían.
El estilo renacentista presentaba gran variedad organológica. Estaba por venir el periodo de desarrollo de los instrumentos de viento y cuerda que suprimieron el uso de algunos instrumentos de poca intensidad o escaso registro. Una vez que se imponía el instrumento con mayores posibilidades, el antiguo se desechaba.
Es así que a América llegaron instrumentos renacentistas y barrocos, pero, a diferencia de lo que pasaba en Europa, unos no desplazaban a otros, sino que se sumaban y se usaban al mismo tiempo, aunque correspondieran a diferentes tendencias.
Lo mismo pasaba con las partituras. Partituras renacentistas eran interpretadas con instrumentos barrocos y viceversa.
Pero mientras recibían una influencia cultural tan poderosa como la que se ejercía en las escuelas de las antiguas misiones, los indígenas interpretaban música culta europea y es importante hacer hincapié en el concepto de “interpretar” la música, porque en este proceso de enseñanza y aprendizaje, el indígena, creativo por naturaleza y con personalidad propia, interpreta el papel a su manera. De este intercambio cultural surge el concepto de “barroco misional”.
Aun en nuestros días, incluso en la comunidad más recóndita de la jungla boliviana, a la que se accede tras varias jornadas de navegación, es todavía posible encontrar a un indígena tocando un violín construido con sus propias manos.

           
Un pueblecito en el país del agua

San Ignacio de Moxos, donde la iglesia católica custodia este legado histórico conocido como Archivo Misional de Moxos, es un pueblo de la Amazonía boliviana situado a 90 kilómetros de Trinidad, capital del departamento del Beni. Se conecta a través de un camino de tierra, que exige el cruce de tres ríos que se atraviesan en barcazas a motor. En época de lluvia el camino es intransitable y a menudo es imprescindible cubrir un tramo en canoa, cuando la carretera queda completamente cortada. En casos extremos  la  avioneta es la única solución, pero es un medio de transporte caro.
Los llanos de Moxos, de los cuales forma parte el municipio de San Ignacio, constituyen una de las mayores superficies estacionalmente inundadas en el mundo, con un metro o algo menos de profundidad durante tres o cuatro meses del año, lo que hace la particularidad de esta  región con respecto al resto del país.

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Recuperación del Archivo Misional de Moxos

El Archivo Misional de Moxos ha experimentado un crecimiento espectacular desde que, a mediados de junio pasado, la Escuela de Música de San Ignacio lanzó una ofensiva para rescatar miles de partituras manuscritas que todavía estaban diseminadas por el amplio territorio beniano, en especial en las zonas que vivieron bajo la influencia de los jesuitas. Culminaba así un amplio proceso de investigación emprendido un año antes, recabando información entre indígenas y personal de la iglesia católica, para averiguar dónde había posibilidades de encontrar material valioso. Pero junto a las partituras, aparecieron decenas de cuadernos, que genéricamente llamamos “doctrinarios”, que contienen fundamentalmente sermones, oraciones y cantos religiosos, en castellano, latín o lengua nativa, a veces acompañados de partituras. Estos cuadernos, todavía sin contabilizar, añaden varios miles de páginas más al impresionante Archivo Misional de Moxos, uno de los más grandes de Bolivia y también de Latinoamérica.
Los directores administrativo y pedagógico de la Escuela de Música, Toño Puerta (que a su vez es el liberado de Taupadak en Bolivia) y Raquel Maldonado, respectivamente, han liderado estas expediciones por los ríos a las comunidades más recónditas, utilizando todo tipo de medios de transporte y desafiando inclemencias meteorológicas y accidentes geográficos que hacen de las regiones tropicales, en especial de sus selvas, un territorio hostil para el hombre. Superados todos esos obstáculos, las expediciones, que todavía no han concluido, se han saldado con éxitos impensables.
            Estas investigaciones, que contaban con la connivencia de los dos obispos del Vicariato del Beni, ambos vascos, Julio María Elías y Manuel Egiguren, han originado un gasto considerable en combustible, guías, alimentación y compensación económica a los indígenas que han ido donando este valioso tesoro, que se ha preservado durante siglos, pero que ya corría el riesgo de extinguirse por el fallecimiento de los ancianos que lo guardaron con celo, por los rigores del clima tropical, por los insectos y por la precariedad de la forma de vida de los indígenas que siguen viviendo en las comunidades de la selva.
            A todos los donantes se les ha compensado económicamente y se les ha garantizado la devolución de las fotocopias encuadernadas. Además, como el objetivo de esta misión no es que desaparezca la música de la selva, sino su perpetuación, garantizando que estas partituras sigan siendo interpretadas por las futuras generaciones, se ha realizado un esfuerzo importante para donar violines nuevos y cuerdas a los músicos que todavía se encuentran diseminados por la amplia zona que fue reducida por los jesuitas.
Si este legado ha sobrevivido a más de tres siglos de ausencia jesuítica y nefasta presencia de algunos sacerdotes diocesanos, que en lugar de fomentar la cultura velaron por intereses personales, es gracias a los indígenas que celosamente lo protegieron tras la expulsión de los jesuitas y fueron copiando las partituras y el resto de la documentación literaria a medida que se deterioraba. Si no hubieran considerado sagrada la música, seguramente no la habrían conservado. Y aunque los ancianos protegían como tesoros sus viejos papeles, gracias a la mediación del padre Enrique Jordá, anterior párroco jesuita de la provincia Moxos, en quien confiaban, porque durante años se jugó incluso la vida por las reivindicaciones indígenas, estos las empezaron a ceder para la creación de un archivo que garantiza su conservación en condiciones óptimas y su recuperación sonora como parte del repertorio de orquestas como la del propio San Ignacio u otras existentes en Bolivia o en el extranjero.
Las sucesivas expediciones realizadas en los últimos meses por los ríos han completado la soñadora empresa que inició Enrique Jordá, con éxitos impensables por su magnitud, aunque el proceso todavía está inconcluso.
         El Archivo Misional de Moxos, que ya era considerado uno de los más importantes de Latinoamérica, contaba con 2.700 páginas de música, aproximadamente, sin contar fotocopias, antes de emprender estas expediciones. Desde entonces hasta ahora ha triplicado esa cifra o tal vez cuadruplicado, porque todavía está pendiente la catalogación, con documentos de un valor histórico y musical incalculable, que rescatan no sólo melodías, sino la historia de un pueblo, que es la que en realidad se escucha detrás de esas notas. La mayor parte de esta colección representa un repertorio para el año litúrgico, aunque también existen algunas piezas puramente instrumentales y unas pocas de carácter profano.
         Estas expediciones han tenido un amplio eco nacional e internacional. La prensa ha catalogado los hallazgos entre los más importantes de la historia de Bolivia. Y razones sobran para hacerlo. Indagando en los buscadores de internet, hemos encontrado publicada la noticia en doce países, lo que da una idea de la magnitud de los rescates, sobre todo en los ámbitos especializados. Músicos y musicólogos de muchas latitudes han enviado sus felicitaciones por los descubrimientos, que todavía no han terminado, porque se sigue acopiando información y siguen pendientes unas cuantas expediciones. La llegada de las lluvias las interrumpirá temporalmente.
         Paralelamente a la recuperación de este valioso material, se ha ido realizando la limpieza y digitalización, para garantizar su conservación en un local de la parroquia de San Ignacio de Moxos con óptimas condiciones de humedad y temperatura. Ahora vienen las fases de catalogación, investigación y difusión, para las que se contará con especialistas en distintas disciplinas.
Para la digitalización de Archivo Misional de Moxos, dos miembros de Taupadak, Fernando De La Hera –presidente de la ONG- y Mónica Sagüés, especialistas en fotografía y diseño gráfico, respectivamente, viajaron durante el mes de agosto a San Ignacio de Moxos, después de haberse capacitado con el prestigioso musicólogo vasco Jon Bagués en la institución Eresbil.
No se podía correr el riesgo de perder este valioso material, que ha resistido el paso del tiempo gracias a los copistas, que reproducían las partituras y los textos de sus cantos, generación tras generación, para evitar su desaparición. No sólo se han digitalizado todas las partituras con las que el Archivo Misional de Moxos contaba en agosto pasado, que ahora ya cuenta con varios centenares más, fruto de descubrimientos posteriores, sino que se está confeccionando una ficha pormenorizada de cada una de ellas. En esta labor han participado varios de los cooperantes con los que ha contado la Escuela de Música durante el verano, aprovechando los ratos libres que les dejaban las clases. Raquel Maldonado y Toño Puerta han dirigido y supervisado el trabajo de todo el equipo, porque son quienes mejor conocen el contenido del archivo y quienes han aportado la mayor parte de las partituras contenidas en él.
También participa en toda esta labor el responsable del archivo, un joven moxeño que se capacitó en el Archivo Misional de Chiquitos, con sede en la localidad de Concepción, del vecino departamento de Santa Cruz. Es la otra zona boliviana en la que se asentaron las misiones jesuitas y cuenta con otro gran archivo misional, de valor semejante al de Moxos, aunque este último todavía no se ha estudiado en profundidad. Tal y como hemos expuesto, estamos en la fase de la digitalización y catalogación, pero de una cosa no cabe duda: es más grande que el de Chiquitos.
Durante el mes de septiembre se contrató al archivista de Chiquitos para dirigir las tareas de limpieza de los miles de partituras halladas en los últimos meses, porque la primera fase de su puesta a punto es un delicado proceso de fumigación, en el que nuestro archivista no tenía experiencia práctica.
En definitiva, el rescate y consolidación del Archivo Misional de Moxos requiere de un complejo trabajo de equipo, abanderado por la ONG Taupadak y por la Escuela de Música que tutela, con ayuda de distintos Ayuntamientos vascos, entre los que figuran Beasain, Hondarribia, Irún y Bermeo, entre otros. Estamos haciendo historia y este trabajo está granjeándose una gran repercusión nacional e internacional, sobre todo en los círculos especializados.

Apostar por el Archivo Misional de Moxos es apostar por la identidad indígena, otra forma de reclamar dignidad para estos pueblos olvidados, porque no hay dignidad sin identidad y no hay identidad sin memoria. Las partituras que contiene el Archivo Misional de Moxos forman parte de la memoria colectiva de los pueblos que fueron evangelizados por los jesuitas. Cuando suenan, es su historia la que suena, una historia que los indígenas se obstinaron en conservar para sus descendientes. Eso explica que los violines nunca hayan dejado de escucharse en la selva beniana.

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